Santa nunca me trajo “esa” clase de juguetes





Titulo: Santa nunca me trajo “esa” clase de juguetes
Fandom: Axis Powers Hetalia
Claim: Japón/Fem!USA.
Desafío: Tabla 30 limones
Reto: Santa nunca me trajo “esa” clase de juguetes
Clasificación: MA (+18)
Estado: Completo
Advertencias: Smut
Palabras: 6629
Disclaimer: Axis Powers Hetalia no me pertenece, es de Hidekazu Himaruya. Hago esto por mera diversión.
Resumen: 1 One Shot: “Santa nunca me trajo “esa” clase de juguetes”: Emily Jones celebra una fiesta de navidad en su casa, pero al terminar solo quedan ella y Kiku. ¿Podrá comenzar así la verdadera fiesta? ¿Será él capaz de entregarle el mejor regalo de todos? –Japón/Fem!USA–. Lemon.
Notas Adicionales: Porno navideño atrasado. ¡Disfrútenlo!


               Santa  nunca me trajo “ésa” clase de juguetes


            Estaba tan agotada que ni siquiera quería moverse de la silla.  No quería despedirse de los invitados. Demonios ¡ni siquiera quería salir de la terraza para ir a buscar una chaqueta porque hacía un frío que le calaba hasta los huesos! Bueno, por supuesto que un vestido de gala nocturna no era precisamente lo más adecuado para ese clima. Ni siquiera desistió de esa idea cuando el sujeto del clima dijo que estas serían probablemente unas “blancas navidades”  
            — ¡Estoy tan cansada! —lloriqueó. Sabía que aún quedaban unos pocos invitados. Unos cuantos contados con las manos. Inglaterra y Canadá por ejemplo, el primero listo para darle el sermón del siglo y el segundo para darle apoyo moral cuando Inglaterra la hubiera reducido por un instante a la altura del piso. 
            Pero no le importaba ninguno de esos dos ahora, ni cualquiera de los otros invitados que aún estuviera dentro de la casa. El que en verdad le interesaba era el que estaba justo delante de ella, contemplándola en silencio mientras veía cómo lo invadía el dilema interno que tenía a medida que respiraba viéndole echada sobre la silla, con los pies descalzos desprovistos de esos encantadores pero dolorosos tacones altos, confundido entre hablarle o no hablarle y que no le dejaba acercarse a ella. 
            Japón. 
            — ¿Se encuentra bien, América-san?
            — Oh! Baby, estoy tan cansada que podría dormirme ahora mismo. —No mentía, por supuesto que no. Los ojos se le cerraban y cada vez levantar los párpados era más difícil. Seguro que tenía el maquillaje corrido.
            Japón caminó hacia ella a pasos silenciosos. Ni siquiera pudo darse cuenta de cuándo llegó a su lado y la observó dudoso de cómo proceder. Él era sumamente respetuoso con los demás
            — ¿Podrías cargarme hasta mi cama? Please… Kiku 
            Japón retrocedió. Ni siquiera la familiaridad con la que lo había llamado lo había persuadido a seguir con su juego. Como era de esperarse su nerviosismo le jugó en contra cuando trató de excusarse, pero ¿si no era él quién? Podría ser Inglaterra-san o cualquiera de los otros, pero negó enérgicamente con la cabeza ante tales ideas. Ninguna de ellas le agradaba. Se suponía que él era el novio de América-san y por tanto era su deber atenderla… ahora que ella lo necesitaba. Por más que la idea de cargarla le pusiera nerviosos. 
            — ¡Oh! Ya entiendo ¡No puedes cargarme en tus brazos! —Se cruzó de brazos con energía, más de la que creía le quedaban después de ir  de un lado a otro durante la fiesta de navidad. Saltaba a la vista que se trataba de eso. Ningún hombre se negaría a tocarla porque ella era irresistible. No había otra razón que la de que fuera tan pesada que un hombre tan flacucho como Japón no pudiera con ella. 
            —No soy tan débil como aparento. No es… no es esa la razón.
            — ¿Entonces qué? 
            Era difícil explicárselo a un occidental. Así que se tomó un instante antes de contestarle de la manera más resumida que podía: 
            —En mi casa no es bien visto que un hombre y una mujer se demuestren afecto públicamente.
            — ¿Ni siquiera aunque sean novios como tú y yo?
            —Ni siquiera así. 
            Oh, qué vida tan condenadamente aburrida. 
            —Japón, please, llévame a la cama…estoy a punto de dormirme aquí mismo, baby… 
            Decir que aquel comentario no provocó nada en él habría sido mentir. Tuvo que contener el miedo de que su nariz sangrara frente al pensamiento impuro de “llevarla a la cama”. Por supuesto que ya lo habían hecho antes, pero todavía no acababa de acostumbrarse a la idea de que eso fuera real y fueran libres de hacerlo. Creía que nunca iba a hacerlo para ser exacto.  Todo eso era nuevo para él. 
            Probablemente se debía a que era demasiado viejo para aceptar muchas cosas. O a que ella era todavía muy joven para alguien como él. América-san estaba en su derecho de desear que su novio la cargara como lo hacía los personajes animados de Disney, el mundo del ratón con en que ella había crecido. Respiró hondo. Esto iba a ser muy difícil para alguien como  él.  
            Se acercó a ella. América habría apostado su vida a que iba a abrazarla en un arrebato de pasión. Menos mal que no la había apostado realmente, porque hubiera perdido. En lugar de eso, él la sujetó de los brazos y las rodillas para levantarla de la silla y cargarla. Estaba a punto de gritarle que era una locura, pero no quería detener ese momento. Era… demasiado lindo. Aunque lindo era una palabra infantil. 
            —Pensé que no podrías…—…con mi peso, iba a añadir, pero se contuvo antes de eso. Era estúpido destacar algo que no era tan evidente ahora que se daba cuenta ¡ni siquiera estaba gorda después de todo! Y eso porque hacía mucho ejercicio físico. 
            —Es un error común creer que entre más grande, más fuerte—explicó, mientras subía con ella las escaleras. El tacto de sus pies descalzos contra su ropa lo había puesto duro, pero tenía que controlarse… al menos hasta que llegara con ella a la cama, cosa realmente difícil cuando  su mano estaba apretando deliciosamente su trasero. Unos centímetros más y podría comprobar por sí mismo cuán húmeda estaba ¿qué clase de pervertidos pensamientos eran esos? —. Pero la fuerza no reside en el tamaño. 
            Ella cargaba con una de sus manos sus tacones: ni muerta iba a dejarlos tirados por ahí.  Lo miró con una mezcla de sueño y dulzura y luego se acomodó el su pecho, rodeando su cuello con sus brazos ¡ah! Qué dulce sensación el sentir ese tacto masculino tan de cerca. Japón siempre olía bien. 
            —Lo sé—le contestó. Y en más de un sentido, quiso añadir, pero prefirió dejarlo así. Aspiró profundamente al aroma oriental de su piel y sin ninguna advertencia lamió su cuello entre besos hasta el lóbulo de su oreja. 
            —No haga eso, por favor.
            — ¿O qué? —ella continuó succionando la piel de su cuello. Ese chupetón en particular iba a dejar una marca al día siguiente.
            —O no podré contenerme, América-san. Onegai…—Nunca se había sentido un deseo más primitivo que estando en su presencia. Condujo la mano de ella hasta su entrepierna entre avergonzado y resignado, para hacerle ver lo “deseoso que estaba por la unión”—. No alcanzaremos a llegar a la habitación a este paso: terminaremos haciéndolo en las escaleras como animales. 
            —Suena atractivo. —América se relamió los labios. Mientras más lo pensaba, más le gustaba la idea de Japón y ella en las escaleras: ella recostada en los escalones de arriba y él en los de más abajo, lamiéndole entre las piernas deliciosamente. Lo observó otra vez: demasiado urgido, demasiado temeroso como para realizar tan reciente fantasía. 
            Solo porque hoy era navidad iba a tener compasión por él. 
            —Está bien.
            Se reclinó contra su pecho, haciendo acopio de toda su voluntad para no quedarse dormida. No supo si lo hizo, pero cuando abrió los ojos, Japón estaba abriendo la puerta de su habitación. No tuvo tiempo para protestar por el abandono cuando él la dejó sobre la cama. La almohada y las sabanas habían hecho un buen trabajo recibiéndola.
            —No tenemos que hacer nada, América-san. Está bien si solo desea dormir por hoy. 
            Su voz sonaba tan lejana. Apenas podía abrir los ojos. Rendirse al sueño era tan tentador, pero el sexo también lo era. Con él, sobre todo. 
            — ¿Qué tal mi maquillaje? 
            — ¿Qué?
            —Que si se ve bien…
            Japón la miró un instante. Por supuesto que no iba a decirle que podía verse mejor y que el rímel se le había corrido a causa de tanto movimiento. Eso sería sumamente vergonzoso para él y descortés para ella. Pero tampoco podía mentirle, eso no era un buen hábito ¿valdría en este caso? Rabiaba contra la poca costumbre   de verse en dilemas como ese. 
            —Ayúdame a desmaquíllame.  
            Lo hizo sin cuestionar. Si ella hubiera insistido en que respondiera, se habría visto forzado a dar una mala respuesta. La mentalidad femenina, aquí y en oriente, todavía era un misterio para él.  
            Perezosamente ella se fue quitando el maquillaje con las toallas de algodón y la crema, aún adormilada. Japón se sentó con las rodillas doblada sobre la cama a su lado, expectante, con las manos sobre los muslos, no sabiendo qué hacer, cómo continuar algo que aún no empezaba. Se sentía incómodo forzándola probablemente a hacer algo que ella no deseaba. 
            Podría acabar manualmente con su erección si ella estaba demasiado cansada. Sí, eso era lo mejor. Dejaría que mirara si quería con todo gusto, pero no la forzaría a nada. Estaba abriendo la boca para comunicarle aquella decisión cuando ella habló. 
            — ¿Podrías bajarme el cierre del vestido, Japón? —América volvió la cabeza hacia su hombro sensualmente. El tirante de ese lado entre movimiento y movimiento se había caído, dando una suculenta vista de su hombro desnudo. Japón tragó saliva y para América su nuez nunca se había visto más sexi que entonces.
            Que los dioses shinto le ayudaran, porque sus manos se habían vuelto más torpes que nunca cuando sus dedos se acercaron al cierre. Toda esa piel nívea al alcance de sus manos y su boca.  Se obligó a no pensar en eso, no quería quedar ridiculizado a los ojos de su persona especial. Pero cuando ella hizo el cabello hacia un lado y dejó su cuello al descubierto, notó como las fosas nasales se le iban abriendo a medida que respiraba y sus mejillas, su rostro ¡hasta la orejas! enrojecían ante la corta distancia de sus labios y su cuello. 
            — ¿Todo bien, Kiku?
            Bajó la vista antes de contestar. No era un niño, se obligó a repetir mentalmente, podía tocar a una mujer sin correrse en los pantalones antes de desnudarse él mismo para ella. Si hiciera eso ahora ¿qué placer sería capaz de entregarle después? ¿Qué imagen se haría ella de él? Eso era algo en lo que no quería pensar
            —Hai—mintió, moviendo la cabeza a los lados a ojos cerrados y apretando sus manos en forma de puño sobre sus muslos. Era irónico que pudiera mutilar y decapitar cuerpos y llenarse de la sangre de sus enemigos, pero fuera totalmente incapaz de no parecer un primerizo sacándole el vestido a su amante gaijin. 
            Incluso cuando fue deslizando el cierre del vestido lentamente, su respiración chocaba de forma acusadora contra a desnuda piel de la espalda de América. Deslizó los tirantes por los hombros –o lo que quedaba del camino en el caso de uno— hasta que sus hombros quedaron completamente al alcance de sus besos. Tal vez fue por esa razón que instintivamente y sin pensarlo mucho presionó sus labios contra la dulce piel de uno de ellos a ojos cerrados. Cuando recuperó la conciencia, ya estaba haciéndolo.
            —Mmmm…—Fue el sonido que ella emitió reclinándose hacia atrás  contra él, rindiéndose a sus caricias y a sus brazos sin oponer resistencia. A causa del sueño, del cansancio y de sus besos. Definitivamente no quería abandonar la calidez de su cuerpo contra su espalda desnuda.   Las manos de su amante japonés, nunca tan ansiosas como en ese instante, pasaron bajo sus brazos hasta acunar cada una uno de sus pechos y juguetear con ellos y el vestido que apenas los cubría. Se dio cuenta gratamente de que el sujetador no sería mayor problema, porque tenía la abertura hacia adelante. Así, moldeó ambos pechos como quiso y en un movimiento de su mano derecha, desabrochó el cierre opresor y los dejó libres. 
            —Tan hermosos…—pronunció, mientras se hacía a un lado para acostar a América sobre la cama todavía ordenada—… tan deliciosos—agregó al dejar reposar su cabeza sobre la almohada. Sonrió levemente hasta  descender desde sus labios lentamente hacia la unión de sus pechos, tomando uno de ellos en su boca como la cosa más dulce del universo.  
            Ella volvió a gemir, apoyándose de las almohadas para sostenerse de lo que fuera la hiciera caer. La boca de su amante, por ejemplo y su excepcional habilidad para hacerla enloquecer. 
            Japón deslizó el vestido con una ceremoniosa lentitud por su cuerpo hasta llegar a sus piernas, lo quitó y dejó a un lado. Tan solo había una prenda que lo separaba de devorar su intimidad. Trató de contener su ansiedad, preguntándose si ella también quería ver lo que él tenía bajo la camisa. Retrocedió en la cama hasta quedar en los pies y levantarse, haciendo ademán de quitarse la corbata. La miró hacia la cama, risueña y adormilada, tan linda y adorable… ojalá hubiera traído una cámara fotográfica aunque fuera solo la semi-profesional; la única que tenía ahora era la de la de su móvil, pero sospechaba que no sería de buen gusto para ella que interrumpiera el acto para tomarle fotos así. Quizás más adelante… en otra ocasión. 
            Se quitó la corbata y fue desabotonando uno a uno los botones de su camisa de perfil al campo de visión de su compañera ante la sonríete mirada que ella le  daba. Vio que América se acomodaba a buscar algo bajo la almohada, pero no le prestó mayor atención preocupado por sus nervios. Se quitó la camisa jalando las mangas hacia atrás. Se dio la vuelta dándole la espalda a América, no queriendo que ella viera lo nervioso que estaba tratando de quitarse la hebilla del pantalón con sus temblorosas manos. 
            — ¿Kiku? ¡Mírame, please!
            Obedeció, aunque aún no era capaz de bajar la cremallera de su pantalón. Al darse la vuelta su nariz casi, casi sangró ante la vista ¡pero qué ayudante de Santa tan ardiente! Si hubiera estado fuera de los pantalones, América habría sido capaz de ver cómo su “pequeño amigo” daba un brinco de alegría al verla. Instintivamente se llevó la mano a la entrepierna para cubrir su vergonzosa erección, pese a que sabía que ella no podría distinguirlo tan fácilmente. 
            —C´mon, baby—Lo invitó estirando los brazos hacia él—. Te ayudaré con eso y podremos seguir jugando ¿ok?
            Jugando… qué curiosa palabra para lo que estaba haciendo, pensó Japón, recordando en ese instante lo que su anciana memoria había olvidado. Tragó saliva, todavía dudando que hubiera sido buena idea.  
            Ella se arrastró por la cama hasta tomarlo sus manos sobre el cierre del pantalón. Una traviesa sonrisa surcó su boca cuando levantó la vista hacia él y luego sus manos hicieron el resto del trabajo liberando su hinchado miembro. De nada le sirvió cubrir sus partes nobles con sus propias manos para impedir que ella lo siguiera tocando. 
            Gimió cuando ella comenzó a moverlo. Hacia arriba y hacia abajo. América se mordió el labio inferior deleitada con la vista que tenía de su miembro entre sus pantalones a medio bajar, completamente dominado en su mano. Perfecto donde lo viera, palpitante y rojizo. Se deslizaba con una facilidad increíble de sus manos al estar goteando. Levantó la vista con una sonrisa traviesa hacia Japón y lo vio tentado a cubrirse el rostro sonrojado hasta las orejas con las manos. 
            — ¡Eres lo más hermoso que he visto Japón! —le dijo entre risas, volviendo a empujar fuerte sobre su erección. 
            Japón sabía que estaba mintiendo. Él no era precisamente hermoso, en lo absoluto. No era horrible, pero tampoco hacía a las mujeres voltearse hacia él. No era popular entre las chicas y le costaba mucho, demasiado, interactuar con ellas. Que América-san lo mirara de una forma distinta y haya aceptado y correspondido sus sentimientos por ella era algo que hasta hace poco solo habría sido posible en sus más osadas fantasías. 
            No ahora. 
            Hoy la realidad era incluso más hermosa que sus fantasías. 
            — ¿Estás sonriendo, Japón? —Levantó la vista hacia él, interesada. Que él sonriera era una de los acontecimientos más extraordinarios de los que pudiera hacer acto de presencia. Nunca lo había visto sonreír de esa forma tan cálida y genuina. 
            De alguna forma, parecía que Japón tampoco podía acostumbrarse a eso. Que la mirara desde arriba, viéndola tocando su entrepierna con la cara casi pegada al abdomen era una imagen hermosa que nunca acabaría de encantarlo. Una parte de él—esa esencia negativa en su ser—le repetía una y otra vez que todo eso debía ser parte de un sueño. Por eso cuando se despertaba en las noches a su lado tenía que mirarla fijamente unos minutos antes de  darse cuenta que ella era tan real como él. 
            Y comprender  que ella también lo quería. 
            —Ai shiteru, Emily-san. —Todavía  se sonrojaba al decirlo. Podía tener miles de años, pero en cosas como esta se sentía como un niño de primaria. Un completo inexperto. No era de extrañar que se sonrojara aún más tras hacerle esa declaración. 
            Ella le sonrió. Su sonrisa fue a su corazón tanto como su miembro dio un brinco al verla bajarse el pomposo blanco y rojo traje hasta debajo de los pechos bajando los tirantes hasta quitárselos de los brazos. 
            — ¿Quieres probar un poco? —levantó sus pechos y luego los soltó para que rebotaran bajo su atenta mirada, dulces como un mitarashi-dango. 
            Dioses, sí quería probar. 
            Se inclinó ahí mismo bajo la cama hasta quedar a la altura de sus senos mientras ella se hallaba sentada de rodillas en la cama. Japón apoyó ambas mano una en cada una de las rodillas de América antes de inclinarse hacia adelante y comenzar a chupar sus pechos con avidez.
            América  hizo la cabeza hacia atrás al sentir las placenteras sensaciones que él le producía en su interior, apoyando sus manos en el cobertor.
            —Baby, eres tan bueno en esto… 
            Él lamio la aureola de uno de ellos sin tocar la punta, y luego hizo lo mismo con su lengua en el otro pecho. Por lo general trataba de evitar cualquier contacto visual con ella mientras hacía eso, pero esta vez estaba tratando de remediar ese lado tan poco afectivo y vergonzoso de su parte. 
            —Por cierto, ¿cuál de todos los obsequios que recibí hoy era el tuyo? —le preguntó de pronto. Se detuvo de inmediato apenas la escuchó.
            No podía haber elegido momento más sorpresivo que ese para preguntarle. Su cara palideció.
            Todavía no sabía de qué forma iba a mirarla cuando le enseñara su obsequio navideño.  
            —Compré este y otros conjuntos sexys para usarlos cuando estemos solos ¿qué dices? ¿Es genial, cierto? 
            Ella estaba tan contenta que tomó su cara entre sus manos para mirarlo fijamente y topar su nariz con la propia. Japón quería morirse ahí mismo. Nunca había estado tan asustado en toda su vida por una idea que en un principio había parecido buena… antes de enfrentarse a la hora de la verdad. 
            Aún tenía las llaves del nuevo modelo de automóvil que había sacado su casa al mercado para el siguiente año. Había sido inicialmente el plan B en el caso de que ella se sintiera sumamente ofendida por su obsequio. 
            Nunca había hecho algo tan imprudente, de hecho se estaba preguntando el  por qué lo había pensado en primer lugar y qué extraña fuerza había hecho que llevara tal plan a cabo. Seguramente a ella le molestaría mucho. 
            —Por supuesto que lo es—dijo, rozando sus pezones con sus pulgares. Ella ronroneó ante lo bien que se sentía—. Etto…—comenzó a sudar nerviosamente. Se secó el sudor de la frente con un pañuelo sacado de los bolsillos de sus pantalones bajados a la altura de la entrepierna—. Aún no le he entregado mi obsequio.
            A América se le iluminó el rostro con una curiosidad muy propia de ella. Una curiosidad que le encantaba tanto como lo ponía nervioso. Se separó de ella un minuto para ir a buscar el obsequio que antes de la fiesta había dejado estratégicamente cerca de la mesita de noche. Cuando regresó con ella a la habitación no pudo haberse sentido más rojo que un tomate. 
            «Aún tienes el automóvil, aún tienes el automóvil», se repetía mentalmente para calmar sus nervios. Claro, eso solo serviría como disculpa si ella se indignaba tanto que tiraba sobre su cabeza su regalo, con toda la razón del mundo. El vehículo sería solo una manera de pedir perdón por su horrible y deshonroso comportamiento. 
            Solo que ante su mirada curiosa, inocente y juguetona no sabía cómo actuar sin parecer un tonto. 
            — ¡Oh, baby! ¿Qué tienes ahí? ¡Dime qué es! —Su entusiasta voz lo sacó de sus pensamientos pesimistas. Tragó saliva antes de estirar ambos brazos con la caja de regalo hacia adelante con la cabeza gacha para que ella los tomara.
            — ¡Feliz Navidad!—dijo, las palabras atorándose en su boca—. Es un pequeño obsequio, nada comparado a lo que realmente merece, es ciertamente pequeño ¡summimasen si realmente le parece ofensivo! —Antes de que América se diera cuenta, él ya estaba en el suelo con la frente tocando el suelo. Temblando. 
            Eso le hizo preguntarse a América qué tan mala podía ser la elección de ese año: Japón siempre era el mejor dando regalos y ciertamente no se le ocurría nada tan insignificante que pudiera darle que lo dejara así de avergonzado. 
            A menos… 
            Desenvolvió el paquete con rapidez y lo primero con lo que se topó fue con una caja completamente blanca. Dentro, otras más pequeñas. Cuando logró desenvolver el contenido de una de ellas quitándole el plástico, su rostro se iluminó ante la expectativa de lo que eso podría ser. 
            — ¿Esto es…? —eran demasiadas emociones encontradas. Honestamente ella no sabía cómo definirlas mejor. 
            Japón la escuchó y se estremeció en el suelo. Su erección, tan prominente y altiva, se había bajado hasta casi volverse flácida del miedo de no ser por la imagen de los descubiertos y hermosos pechos frente a él que impedían que eso sucediera. Tenía lo boca tan seca que tardó un poco en contestar:
            ­­—Un vibrador. 
            Silencio. 
            América examinó el pequeño objeto color blanco en cuyo extremo era un poco más pequeño que un huevo pero con una forma similar y anexada de un cable fino a lo que parecía ser el control. 
            Le sorprendía recibir un regalo así de Japón. 
            Pero eso no significaba que no le gustara. 
            — ¿Y dime…?—usó una voz sugerente y divertida. Él se estremeció al escucharla—. ¿…cómo se usa esto? 
            Le había gustado. Le había gustado de verdad. 
            América se inclinó hasta levantar el rostro encogido de Japón que topaba casi con el suelo —él había levantado la mirada para comprobar que su alegre expresión no era una mala broma de su perturbada mente—, tomarlo entre sus manos y besarlo profundamente, tomándose todo el tiempo del mundo para calentarlo de nuevo solo con un beso: lamiendo sus labios, mordisqueándolos y simulando un acto mucho más intimo con sus lenguas. 
            —Es el mejor regalo que has podido darme, Kiks—le sonrió. La mandíbula inferior de su compañero temblaba ante la incredulidad—. ¡Pero si me enseñas cómo usarlos sería maravilloso!
            Ella estaba realmente feliz. Era mucho más de lo que había podido esperar. 
            

XOX



            
            Uno de los pequeños óvalos hizo un sonido chistoso que llegó a los oídos de América justo antes de que pudiera sentir la vibración en su vientre, segundos antes de que subiera y se colocara justo en la cima de su pezón.
            Cosquillas. Se estaba riendo apoyada en los brazos de su amante japonés  mientras él la sujetaba desde atrás. Y por supuesto, era él quien sostenía el pequeño ovalo blanco sobre la sensible piel de su pezón. 
            — ¡Es divertidísimo! —comentó ella entre risas, dando vuelta la cabeza hacia él para darle un ligero besos en los labios.
            Se suponía que eso debía hacer algo más que divertirla. 
            —Si cierra los ojos podrá sentirlo mejor, América-san…—dudó. Las cosas nunca eran como esperaba cuando se trataba de ella. 
            — ¡Ok! —cerró los ojos y se acomodó aún mejor delante del cuerpo de Japón, sintiendo su erección tocar su trasero ansiosa por meterse dentro de su cuerpo. 
            —Respire lentamente—le  susurró al oído. Sintió que se sonrojaba, pero apostaba su vida a que si hubiera tenido los ojos abiertos habría podido ver que Japón se había sonrojado más que ella cuando habló tan provocadoramente a su oído—. S-solo relájese…—Ahí estaba su sexy y vacilante voz de nuevo. 
            Vibración.
            Vibración. 
            La punta de sus pechos se había endurecido ante el toque del pequeño óvalo sobre él. Su respiración, que en un principio había sido lenta como él le había pedido que lo fuera, comenzaba a acelerarse. Como si estuviera ansiosa por algo que no sabía qué era, pero que comenzaba necesitar con urgencia. 
            —Japón… 
            Más fuerte. La vibración sobre su pequeña punta rosada comenzó a acelerarse. Le pareció que él había cambiado el pequeño huevo blanco a su otro pecho cuando  lo sintió en el otro lado mientras su abandonada y dolorida punta sentía su ausencia. 
            Pero eso no duró demasiado.
            — ¡J-Japón! —Se estremeció cuando sintió una segunda vibración en su adolorida punta rosada, a la par de la otra que también sentía con fuerza. La respiración se hacía más difícil—. ¿W-what? —abrió los ojos, encontrando al gemelo de su primer vibrador en color rosa sobre la antes abandonada punta. 
            — ¿Si? —le susurró al oído, apretándola contra su cuerpo, presionando ambas puntas con un vibrador en cada mano sobre sus pechos. Sentados, atrapando sus dulces piernas cercándolas entre las suyas a su alrededor. Ella era suya, toda suya. 
            —Duele…   —No lloriqueó, por supuesto, eso la haría parecer débil y ella era una heroína ¡pero es que simplemente dolía! 
            —Disminuiré la velocidad un poco ¿le parece? Creo que he ido demasiado rápido para ser la primera vez…
            —N-no se trata de eso. —No se refería precisamente al placentero dolor que pendía de sus ahora duras puntas como un hilo, sino de la presión que sentía entre las piernas, latente y deseosa—. Es entre mis piernas donde más duele. 
            — ¡Ah! Así que se trataba de eso…. —Se movió a su lado recostándola sobre las almohadas para descender un óvalo desde su pecho derecho hasta su vientre, bajando hasta más abajo, entre sus piernas. Tanteó la zona de su pelvis con la punta redondeada y ella instintivamente abrió las piernas para que él hiciera lo que quisiera hacer con ella ahí. 
            Japón tanteó su entrada con el vibrador sin entrar. Ella no pudo evitar ahogar un gemido ante lo placentero que había sido que lo dejara ahí entre sus pliegues, deslizándose un poco más adentro donde más lo necesitaba. 
            — ¡Sí que está excitada…! —pronunció Japón, viendo como el vibrador se había empapado de sus fluidos. Estaba tan húmeda que el pequeño óvalo rosa se deslizaba con facilidad entre sus pliegues. Fácilmente podría introducirlo en su interior y brindarle gran placer.
            Pero quería hacer que explorara más sensaciones antes de darle el final que él quería para ella.  
            —Por favor, Kiku… 
            Acercó el óvalo hacia el pequeño nudo de nervios que tenía entre las piernas y presionó. Ella gritó en el acto tan fuerte que su propia erección dio un brinco al oírla, mientras se sonrojaba aún más; ¿sería capaz de durar él mismo para que ella disfrutara? Era algo que cada segundo le parecía más difícil. 
            Pero era fuerte y disciplinado. Podría combatir contra eso. 
            — Oh my God! Oh my God!—gritaba mientras se estremecía en la cama, aferrándose a cualquier pedazo de tela o almohada, moviendo las piernas para aparatar el objeto que vibraba sobre su nudo de nervios, pero Japón se lo impidió separándolas con una de sus manos y con la otra presionando aún más fuerte el vibrador contra su clítoris—. ¡Yeah! ¡Oh! ¡Yes!
            Ella se corrió justo en ese instante en un aplastador orgasmo que la dejó estremeciéndose durante una buena medida de tiempo antes de que su interior dejara de explotar. Sus ojos veían estrellas. El mundo daba vueltas a su alrededor y todavía no era capaz de sentir con todos los nervios de su cuerpo antes de que Japón volviera a la carga con el infernal juguetito. 
            — ¡Japón! ¡N-no! —trataba de resistirse, pero era inútil. Una parte de ella quería continuar con la tortura mientras que la otra deseaba la liberación en ese mismo instante otra vez. Nunca lo había deseado tanto como en ese momento—. Para.
            Pero él no parecía escucharla, bien porque no quería detenerse o bien porque estaba tan ensimismado en su nuevo juego que no tenía tiempo de escuchar que ella quería que parara. Sus ojos, cafés hasta ser negros, tan pequeños desde que lo conoció hace muchos años, ahora se encontraban desorbitados mientras acercaba su rostro a su entrepierna para ver en primera fila lo que su juguete le estaba produciendo a su esa zona tan sensible de su cuerpo, tan dura y roja como una cereza.  
            —Emily-san…—Besó sus caderas segundos antes de recoger el abandonado vibrador blanco a lado de su extenuado cuerpo. Repitió con él el mismo recorrido que había hecho en su cuerpo previamente con el otro antes de que se encontraran ambos entre sus piernas. Él gimió, queriéndola embestir ya mismo, pero sabía que aún era pronto para eso. Hizo que ambos vibradores hicieran lo suyo en los suaves y húmedos pliegues de su sexo.
            Hasta que apartó el de color blanco ya empapado por su esencia femenina hasta alejarlo del cuerpo de América. Y se llevó el pequeño óvalo a la boca, degustando del sabor de su humedad como si se tratara del néctar más exquisito. No, incluso el solo hecho de olerlo hacía que su miembro saltara deseoso entre sus piernas por la unión. Cerró los ojos mientras lo recorría con la lengua y la libraba a ella por un instante de las vibraciones para que mirara la magnitud de sus deseos.
            Con los ojos cerrados podía disfrutar mejor de su sabor y de su fragancia femenina a través de su aroma. Cuando los abrió, la vio tan sonrojada, tan hermosa y excitada mirándolo como él la probaba de esa forma indirecta que no pudo hacer otra cosa que el sonrojarse y seguir lamiendo ese juguete, disfrutando del cómo lo miraba, con el mismo deseo con el que él siempre la miraba a ella. 
            Era la primera vez que la veía tan caliente bajo él. 
            No quería que fuera la última vez, tampoco. 
            —Quiero que recuerde esta noche para siempre, por los siglos de los siglos. —Incluso cuando lo dejara, pensó, pero no se lo dijo: era algo que ocurriría eventualmente. Mientras, el podría conservar en su memoria momentos como ese para seguir viviendo cuando ella ya no lo necesitara. Y aunque sabía que eso fortuitamente sucedería, él siempre estaría encantado de haberla servido.
            Acercó su boca a sus pliegues femeninos y comenzó a lamerla para aliviar todo dolor que pudo  haberle provocado con sus juguetes mientras la complacía. América volvió a gimotear sosteniendo su cabello con su mano sin forcejear, un gran avance según Japón de la época en que ella había sido su redentora.
            América tenía que estar completamente húmeda para lo siguiente que iba a hacer para ella. Ella volvió a correrse mientras separaba ambos labios entre sus piernas con sus pulgares para lamer mejor su pequeño botón y los caminos de su  entrada. 
            Se apartó solo un instante para buscar la última caja de su obsequio: una más larga que las otras dos.  América se hacía una idea bien exacta de qué era lo que contenía gracias a las dos pequeñas cajas anteriores. 
            Un consolador. 
            Pero también había una pequeña botella de lubricante y unos cuantos  condones. 
            — ¿Y eso? 
            A Japón le sorprendió aquella pregunta, siendo que la respuesta era tan obvia a estas alturas del juego. 
            Iba a penetrarla. Por delante y por detrás.  Y estaba vez no habría nadie más que ellos involucrado. Pero eso no quitaba que estuviera nervioso, muy nervioso. De pronto, una idea cruzó por su cabeza que no le agradaba del todo:
            —Podemos parar ahora mismo si lo desea. —Se dio cuenta que era lo más prudente de hacer dadas las circunstancias. Era vergonzoso que su excitación le hubiera impedido por tanto tiempo pensar en cómo se sentía ella realmente —. Usted trabajó muy duro en esta fiesta navideña y se esmeró tanto que es normal que esté cansada. Estoy muy feliz con el obsequio que me ha dado, no hace falta nada más. 
            —Japón. 
            — ¿Sí?
            —Cállate y ven aquí, baby. Te quiero justo dentro de mí. —Ella abrió invitadoramente las piernas con una enérgica sonrisa en los labios ¡pensar que había estado tan asustado de haberla lastimado u humillado mientras estaba sumido en ese frenesí sexual!—. Nunca te dejaría con eso tan grande entre las piernas  sin resolver. 
            — ¡Hai! —obedeció tembloroso. Era un alivio que ella pensara así, que quisiera ayudarlo a resolver la dolorosa erección que llevaba durante casi media hora. 
            Tomó el consolador, el lubricante y los condones en sus manos y volvió a la cama con ella  para besarla profundamente y que sus lenguas se unieran justo como pensaban hacerlo en poco tiempo más con sus cuerpos.  América deslizó sus manos por el cuerpo de Japón desde el pecho, los brazos y el abdomen, deleitándose con cada detalle. Antes, mucho tiempo antes pensaba que él  como un hombre flacucho y débil, que jamás sería capaz de sostener una espada ni de proteger a alguien. Jamás lo imaginó antes con un cuerpo entrenado y ahora que lo tocaba y sentía con las yemas de sus dedos la piel musculosa, sabía que era cierto:
            Él era un hombre hecho para la batalla. Podría luchar cualquier guerra.
            Incluso una en la cama. 
            Mordió su labio y gimió por lo bajo mientras él apretaba sus pechos de arriba abajo y su erección golpeaba su vientre. 
            Japón abandonó sus labios para enseñarle el consolador de color azul. Tenía las formas sugerentes de un miembro  masculino y se sentía como si estuviera hecho de silicona, lo cual le daba una mejor imagen de cómo se sentiría deslizarlo dentro de ella. Se relamió los labios. La mirada que compartió con Japón en un gesto de complicidad se lo dijo todo. 
            Él se recostó sobre la cama mientras América le colocaba el condón. Era horrible que sus manos,  siempre temblando, aún no fueran capaces de cooperar para que él pudiera hacerlo por su cuenta sin depender de ella, pero le gustaba de cierta forma que ella se ocupara de su problema tocándolo con sus manos, permitiéndole ese placer. 
            Una vez que terminó, se dio la vuelta enseñándole su trasero para que él lo lubricara. Japón volcó el contenido de la botella entre sus dedos y no  escatimó en gastar tanto como fuera necesario para hacer la penetración menos dolorosa. Su mano izquierda rozaba sus nalgas y tocaba con el pulgar la pequeña abertura trasera, sumergiéndose dentro, luego el índice le escoltó adentrándose gradualmente. El dedo medio no tardó en acompañarlos hasta que ella realmente se quejó por el dolor pese a estar relajada. 
            Con la otra mano  fue lubricando la zona de su sexo, procurando que estuviera lo suficientemente húmeda para que lo que sucediera no le causara ningún daño o dolor alguno. Masajeó sus nalgas justo antes de que ella se  apartara y él se tumbara boca arriba para recibirla de espaldas sobre él. 
            Él la poseyó analmente. Sintió la estrechez de su entrada trasera a medida que ella se sentaba sobre él, dejando que la fuerza de su peso hiciera más fácil la intrusión de su miembro. Ella gimió al sentirlo dentro. Separó las piernas a los costados del cuerpo de Japón,  en una abertura en forma de V. Él levantó la pelvis y las rodillas  y apoyó todo el peso de ambos en sus talones y su espalda. 
            —Cuando quieras, baby—gimoteó ella, viéndolo por sobre el hombro. El asintió sujetando con una de sus manos un lado de  la cadera antes de comenzar a embestirla lentamente. 
            Era como tocar una parte del cielo cada vez que se hundía en ese estrecho pasaje. Su pelvis se movía de arriba abajo hasta chocar con el ruidoso colchón de la cama, una y otra vez, cada vez más rápido y profundo. 
            — ¡Oh! ¡Yeah! ¡Oh my God! —gritó ella con todo descaro mientras él se concentraba en no correrse. La  mente de Japón  se nubló por un segundo antes de que sus manos tocaran el consolador que por una instante había olvidado y sin titubear se llevó a la boca, empapándolo con su saliva, lamiéndolo con vehemencia  ante la deleitada mirada de su amante gaijin por sobre su hombro mientras ella estiraba hacia atrás su mano para tocar su pelo azabache que se había pegado a su frente a  causa del sudor. 
            Japón le devolvió la sonrisa extasiada que ella le había enviado. Un instante después, introdujo el consolador dentro de sus pliegues femeninos hasta entrar en su interior. 
            — ¡Oh My God! ¡Oh, Kiku, Fuck me, ¡Fuck me! —pidió jadeando, moviéndose de arriba abajo mientras se sujetaba el rostro enrojecido en medio del éxtasis. Tocaba su pelo y lo apartaba de su rostro tras su oreja, mientras sus ojos se divisaban llorosos. Por todos los cielos, nunca creyó que un placer así pudiera existir, que pudiera sentir como sus dos entradas se llenaban sin la necesidad de que hubiera alguien más entre ellos dos.
            Japón podía sentir  cómo el consolador la iba penetrando con el movimiento de su mano a través de la pared interior de su cuerpo que separaba el camino de la entrada delantera de la trasera, como si se estuviera rozando con algún otro miembro pese a saber que esta vez era el único que la estaba poseyendo y nadie más.
            Era el único dentro de ella. Y eso le gustaba 
            — ¡I love you, my Kiku
            —Me too, Emi-chan.
            El ritmo se volvió veloz y frenético, salvaje. Las embestidas contra su ano se volvieron más fuertes mientras su mano parecía tener vida propia empujando dentro y fuera el consolador  al interior de su vagina. Ella no paraba de moverse sobre él deliciosamente. 
            Gritó cuando él introdujo el juguete profundamente y luego lo sacaba  con lentitud mientras su interior temblaba en torno a él en un explosivo orgasmo. Japón tampoco fue capaz de reprimir el fuerte  gemido instantes después mientras  se liberaba en su interior tras haberse reprimido tanto durante muchos y eternos minutos. 
            Ella permaneció unos minutos más sobre él mientras se recuperaba. Él se mantuvo en su interior expectante, esperando a que ella hiciera cualquier movimiento para seguirla, aunque honestamente no había sitio donde deseara estar más que en su interior. 
            Escuchó cómo su respiración iba regularizándose hasta ser casi imperceptible, eso le asustó porque América-san no era precisamente la clase de persona que se quedaba quieta. Asustado, la tomó de la cintura. Ella hizo un movimiento y al segundo siguiente se había retirado de él y se estaba acurrucado en su pecho.
            Japón tardó un poco en comprender que ella se  estaba quedado dormida abrazada a él, con las piernas enredadas entre las suyas. Deslizó el condón fuera de su ahora flácido miembro mientras ella se acoplaba mejor a su cuerpo. 
            —Gracias, Kiku: eres el mejor… —Fue lo último que dijo antes de que sus brazos dejaran de estrecharlo fuertemente contra ella, como si temiera no encontrarlo a la mañana siguiente junto con todos los demás invitados de la fiesta de Navidad. 
            Él cubrió ambos cuerpos con el cobertor antes de dedicarle una tierna sonrisa que lastimosamente ella no podría ver y que en raras ocasiones podía hacer cuando estaba realmente feliz. 
            Esta era una de esas veces.
            —Nunca la dejaría a menos que lo deseara, América-san. —Poniendo su frente contra frente, le hizo aquella declaración tan intima antes de ceder al sueño a su lado. 
            Él esperaba con todas sus fuerzas que ella nunca quisiera alejarlo de su lado.

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