Sexo bajo las estrellas




Titulo: Sexo bajo las estrellas
Fandom: Hetalia – Axis Powers
Claim: Japón/Fem!USA
Desafío: Ninguno
Reto: Ninguno
Clasificación: MA (+18)
Estado: Completo
Advertencias: Smut, Lemon, Angst, Hurt/Confort, Romance
Palabras: 5138
Disclaimer: Hetalia no me pertenece, es de Hidekazu Himaruya. Hago esto por mera diversión.
Resumen: En el día X, de un mes O, dos naciones se pierden en una isla desierta ¿qué sucederá cuando viejos recuerdos salgan a la luz otra vez?
Notas de la Autora: Otro lemon para la tabla 30 limones.

Sexo bajo las estrellas

Día XX del mes OO, isla donde las naciones se suelen perder

            Que seas un país no tiene por qué hacer que tengas un GPS por sentido de orientación. Muchos países se han perdido reiteradamente por esa razón, porque no saben ubicarse dentro del mapa. No tienen idea de qué lugar están pisando como todo ser humano cuando naufragan.
            América no sabía dónde estaban el resto de los países del mundo, por ejemplo. Y aunque lo supiera eso no iba a sacarla de esa isla desierta. Qué mal que el único ente viviente y pensante que hubiera encontrado fuera un país enemigo, porque de otra forma podría estar brincando de felicidad. Desafortunadamente no era el caso.
            —Un penique por tus pensamientos—pronunció detrás de la fogata a su compañero de enfrente. Estaba por anochecer y comenzaba a hacer frío. Además de inseguridad, el sepulcral silencio de Japón no hacía más que infundirle miedo. Claro, no iba a decírselo porque él podría usarlo en su contra y ella era una heroína de la cual no se esperaba que sintiera miedo.
            Japón levantó la vista. El fuego se reflejó en sus ojos y por un instante parecía estar intrigado por lo que América le decía.
            — ¿Quiere darme dinero por mis pensamientos? —Era una idea que no acababa de entrarle en la cabeza. Los occidentales eran tan extraños que no sabía cómo interpretar su lógica absurda. Pero en nombre de esa guerra, debía conocer a su enemigo. Así, que de la forma más formal que pudo se las arregló para parecer sereno y ameno mientras le hacía esa pregunta.
            La tregua no duraría para siempre, solo mientras estuvieran ahí atrapados. Cuando salieran todo volvería a ser como antes de que se encontraran en ese sitio: pelearían a muerte hasta que uno de los dos cayera. Y por el emperador, no iba a ser él.
            —Es solo una expresión. Significa que me gustaría saber qué estás pensando. —Sus ojos brillaron mientras caminaba a gatas por el suelo de arena hasta el tronco dónde Japón estaba sentado. Ella no lo sabía, pero aunque los apartaran varios centímetros de distancia, para su acompañante comenzaba a ser una distancia más bien personal que le incomodó—. Te ves tan serio.
            Japón tragó saliva, apretando los puños en su pantalón. Trató de obligarse a pensar que ella no estaba más cerca de él que lo conveniente a la vista de su mentalidad occidental. Que a sus ojos ella estuviera invadiendo su espacio personal no significaba que para ella fuera lo mismo. Por supuesto, cualquiera de estas imprudentes sensaciones de inseguridad no las demostró cuando ella se  arrodilló sobre la arena a su lado.
            —Mi mente está ocupada pensando en el fortunio de mis compañeros. —No le estaba mintiendo del todo: era verdad que la suerte que pudieran estar corriendo Alemania e Italia  le preocupaba y era en lo que verdad estaba pensando antes de que ella le hubiera ofrecido metafóricamente dinero a cambio de saber qué pensaba.
            —También me preocupa qué habrá sido de Inglaterra y los otros. —Se cruzó de brazos, pensativa. Japón pensó que con esa expresión en su rostro hasta podría parecer inteligente. Por supuesto, no más del grado de inteligencia que una occidental pudiera alcanzar, el cuál era muy inferior al de las mujeres japonesas, mucho menor que el de un hombre japonés—. Pero sé que están bien. Ellos son mis compañeros aliados, después de todo. Si no pudieran salir bien de esta ¡la heroína irá a buscarlos! —decidió firme. Sus ojos se llenaron de ilusión.
            —Ya anocheció. —Japón alzó la vista hacia el cielo, indicando algo obvio a sus ojos—. Será difícil para usted ir a buscarlos en medio de esta oscuridad. Creo que sería más conveniente tomar las medidas necesarias cuando haya amanecido.
            —No importa lo que digas. ¡Lo haré igual porque soy la heroína de esos chicos! Y voy a salvarlos.
            —Le repito otra vez que no creo que esa sea una opción sensata—añadió cuando ella se levantó de golpe con una determinación admirable aunque poco inteligente. Aún así, trató de detenerla—… pese a que si usted se fuera y muriera buscándolos en ese inhóspito lugar oscuro sería mucho más conveniente para mi casa…—musitó en voz baja sin que ella lo escuchara más para sí mismo que para otra persona. Una reflexión bastante obvia.
            Sin embargo, América parecía no entender. Entró a la pequeña cueva que había encontrado de la nada horas antes a tomar su mochila y cargársela al hombro, completamente dispuesta a marcharse. Japón tuvo que ponerse en pie y detenerla, en contra de su propia conveniencia; no obstante, no tenía muchas opciones ¿era honorable ganar una batalla cuando su oponente muestra tal valor y determinación en una causa noble como socorrer a sus compañeros perdidos? Una victoria obtenida de esa forma era más despreciable que una digna derrota.
            El buen juicio le decía que lo más inteligente era permanecer ahí refugiados y seguros por esa noche, pero aquella valentía propia de la juventud le recordó a sí mismo años antes, cuando era samurái y su mayor honor era morir en batalla cumpliendo con su código de honor luchando para su casa. Ese él de aquel entonces estaría molesto con el hombre que era hora, que prefería el raciocinio a una muerte llena de honor.
            El problema era que ese él ya no era el de ahora, porque hoy prefería salvarla a ella de un peligro seguro que arriesgarse con ella haciendo lo mismo. Sí, los samuráis siempre serían guerreros dignos de admiración, pero hoy…
            Hoy no era el ayer.  Y debía recordárselo sobre todo en la lucha contra los occidentales. Ellos no comprendían lo que era el honor y preferían jugar sucio. Nada en el mundo haría que él hiciera lo mismo que ellos, se juró en silencio, pero mientras no hallara la forma de vencerlos en su propio juego era conveniente medir cada movimiento. La derrotaría, por supuesto, pero de una forma mucho más digna que esa.
            —América-san, piense ¿qué obtendrá si lo hace? Nada bueno ocurriría si usted también se pierde.
            Ella  abrió la boca para protestar, sin embargo, se dio cuenta de que él tenía razón: no se le ocurría con qué refutar su argumento, que se veía mucho más sólido que su título de heroína.  Mordió su labio inferior con reprimido enojo. Era frustrante ser la salvadora y no poder ayudar a nadie, porque él tenía razón: no podría salvar a nadie perdiéndose también. Se encontró odiándolo por hacerle ver ese hecho y trató de mirarlo como si sus ojos pudieran fulminarlo, cosa que decepcionantemente no hicieron cuando lo vio, tan tranquilo e imperturbable como siempre. 
            Japón se mostró de pronto más cordial y con voz calmada la tranquilizó:
            —No se preocupe, estoy seguro de que podrá salvarlos, pero por ahora sería mejor si se fuera a dormir para reunir fuerzas cuando pueda comenzar la búsqueda.
            —Pero el fuego…—No era por nada, pero encender esa fogata les había costado sudor y sangre. La primera dificultad fue encontrar las ramitas adecuadas para encenderla y la segunda, usar los últimos rayos solares y sus gafas en un desesperado intento por hacer fuego. Sobraba decir que bailó de alegría alrededor de la fogata cuando las primeras chispas aparecieron, cosa que Japón no hizo—. Alguien tiene que cuidarlo.
            —Yo lo haré, América-san. No tiene que preocuparse.
            — ¿No sería más justo si tomamos turnos?
            —No es necesario.
            —Pero…—Eso la hacía sentir extrañamente culpable.
            —Usted solo preocúpese de descansar. Yo me encargaré de lo demás.
            La odiosa sensación de que el trataba de ser amable además de un caballero en brillante armadura estaba de regreso. No entendía cómo él no podía ver que ella podía vérselas por sí misma. No obstante guardó silencio ¿quién era en su cabeza para aclararle tal idea? Además de que unas cuantas horas de sueño despreocupado se le antojaba demasiado bien, culpablemente bien. Y si él se ofrecía tan amablemente a hacer guardia…
            Hizo una mueca infantil parecida a un puchero. Aún así no estaba bien.  Japón siguió con esa fresca faceta. Maldito japonés y su cara de póker. No sabía si él en verdad se sentía a gusto con esa repartición o solo lo hacía para ser agradable. Aunque lo último no tuviera sentido dado a que estaban en guerra.
            —Que descanse, América-san. —Él le había dado punto final a la conversación esas palabras y acto seguido de una reverencia  volver a sentarse en el tronco donde comenzó a mirar el fuego.
            Ella entendió el mensaje resignada a no poder hacerlo cambiar de idea y se dirigió a la pequeña cueva. Se descolgó la mochila del hombro y deshizo su equipaje  en busca de su bolsa de dormir.  A veces era difícil creer que tantos comestibles y cosas innecesarias pudieran caber dentro.  Revolvió la mochila y finalmente la dio vuelta con la desesperación de no encontrar su bolsa de dormir y tener que dormir en el suelo muriéndose de frío por ese olvido estúpido.
            La bolsa de dormir cayó de su mochila cuando la dio vuelta. Junto con un par de condones.
            No era algo que alguien esperara encontrar en una situación así. América se sorprendió de verlos y cierta parte de ella se avergonzó de encontrarlos ahí. Un leve rubor cubrió sus mejillas cuando recordó que Rusia se los había mandado. “Talla extra pequeña, porque sé que es la medida promedio de las personas de tu casa”, le había dicho ¡Cerdo mentiroso!  El promedio era un tanto más grande que esa talla. Estaba tan enfadada que solo se le quitó en enojo cuando notó la presencia de Japón tras ella.
            — ¿Necesita algo? —Rápidamente América agarró los condones y se los echó en el bolsillo de la chaqueta en un desesperado intento de que no los viera él apenas lo oyó—. Siento si la he irrumpido en algo—Hizo una  reverencia para disculparse. 
            —Estoy bien—le contestó respirando hondo. Por suerte él no había visto nada. Aún así…— ¿Estás seguro de que quieres el turno?
            —Hai—contestó en su propia lengua.
            Por alguna razón le hubiera gustado que él le hubiera dicho que no, que tomaran turnos como ella había propuesto. Porque al final del día, ahora mismo le estaba debiendo algo al enemigo. Y eso no podía ser bueno en una guerra.

 

XOX

 

            “— ¿Me dispararías?
            Japón se sobresaltó a causa de esa peculiar pregunta de su acompañante.
            — Por supuesto que no, América-san. —Su rostro reflejó tanta paz y calma tal  como  se sentía; ambas sensaciones que a su lado no eran difíciles de alcanzar.
            — ¿Y en una guerra?
            Se detuvo en  esa reflexión. Todo el mundo decía que la guerra era inevitable. Su mismo superior se lo había mencionado antes así que no eran rumores sin fundamento. Pese a todo, prefería seguir creyendo que la guerra jamás los alcanzaría a ambos, por muy iluso que sonara aquella postura.
            —Seríamos unos estupendos aliados. —Trató de no mirar su rostro mientras digería aquel pensamiento y sus palabras abandonaban su garganta, para no ver cuál sería su expresión. Últimamente hablar con ella se hacía cada vez más difícil ya que con el correr de los minutos controlarse era cada vez menos fructífero. Afuera comenzaba a atardecer y el aire comenzaba a ser fresco. La vista desde ese sitio era maravillosa. Lástima que no pudieran disfrutarla por estar escondiéndose.
            — ¿Y si fuéramos enemigos? —Esta vez ella se colocó frente a él tomándolo de las manos, un contacto sorpresivo para él ya que no estaba acostumbrado. No le gustaba, pero que no le desagradaba del todo. Sus grandes ojos de intenso azul lo quedaron mirando fijamente, bloqueando cualquier vía de escape. ¿Qué debía hacer? ¿Contarle la verdad? Eso solo ocasionaría problemas por algo que no estaba seguro —ni deseaba—fuera a ocurrir.
            Cerró los ojos un instante y trató de mostrarse todo lo seguro que alguna vez pudo estar para no preocuparla, aunque en el fondo de su ser las voces de su conciencia le decían que la alejara de él, que no le convenía. Que solo le haría más daño.
            —Si la guerra nos alcanzara, actuaría como cualquier soldado. —Vio que su energético y jovial rostro de niña palidecía. Él continuó—. Seguiría mis convicciones.
            — ¿Incluso si te pidieran que me hicieras daño? —Ella podía aparentar ser todo lo fuerte que quisiera, pero sus ojos, en un acto de traicionera debilidad, le hicieron saber que lo que acaba de decirle la había herido profundamente. Él habría deseado en ese instante que ese fuera todo el daño que pudiera hacerle alguna vez, pero sabía que la vida no era tan generosa.
            —Las convicciones de una persona y las de un soldado ¿no son las mismas acaso?
            —No entiendo lo que quieres decir—dudó—. Pero creo que acabaré lastimada. —No era una suposición. Ella obviamente lo creía.
            —No, por favor… —Qué difícil era lograr una sonrisa, aunque fuera falsa para ahuyentar esos malos deseos. Que los dioses se apiadaran de ellos. Le habría encantando decirle que nunca le haría daño, pero ¿de qué servía decirle una mentira que no podría mantener ni por su honor?
            —Sí, lo harías. —América asintió con un cabeceo, mientras se reprimía mordiéndose el labio. Sus ojos, tan lindos como el mar en un día de verano de pronto se enturbiaron como las aguas más peligrosas, con lágrimas que amenazaban con querer escapársele de los ojos, un lujo que no les permitió—. No sé qué es peor: escuchar que podrías hacerme daño si así fuera necesario o…—Silencio. Una eterna mirada sobre él—… o saber que yo también haría lo mismo contigo.
            Silencio.
            Ella lo dejó ahí de pie, mientras se iba con las hojas de otoño cayendo a su paso.
            Él ni siquiera tuvo el valor de seguirla mientras la veía alejarse de su vida.”

 

XOX

 

            —Soñé con el pasado.
            Japón no supo si se sorprendió  más por sentir su voz tan cerca de él ahora alrededor de la fogata o porque él había estado recordando probablemente lo mismo.
            —Al final la guerra sí nos alcanzó.
            América guardó silencio, sentándose a su lado y apoyando su cabeza en su hombro. Por alguna razón, ese contacto ahora lo aliviaba a él más de lo que pudiera espantarle. Necesitaba con tanta fuerza saber que ella no lo despreciaba que aquella confirmación de que su amistad seguía en pie le hizo tanta ilusión como a un niño al recibir un cumplido de su padre.
            Pero él sabía que no había hecho nada para ser alabado. Y tampoco podía disculparse por algo que en verdad no sentía tanto como debiera sentirlo.
            —Debería irse a dormir, América-san. No abandone el refugio del sueño cuando puede tenerlo—le pidió. Extrañaría su calor y su compañía durante toda la noche, pero su salud era más importante que sus deseos.
            —No puedo. Hace  tanto frío ahí, está oscuro, yo… —Se llevó ambas manos a la cabeza, recordado imágenes de los horrores de la guerra que de golpe se amontonaban en su cabeza. Horribles y grotescas. No podía cerrar los ojos sin verlas—. Quiero que esto termine… quiero regresar a casa sana y salva. Quiero que Inglaterra me regañe por mi mal comportamiento, que Francia me haga indecentes propuestas, que Rusia se acerque tan sospechosamente a mí… antes deseaba que llegara el día en que todo eso acabara y ahora lo único que quiero es que esos días de monótona paz regresen ¿cómo lo haces?
            — ¿Hacer qué?
            — ¡Que los horrores de la guerra no te atormenten!
            —He vivido muchos años. Mis ojos han vistos cientos de mutilaciones y asesinatos, ríos de sangre fluyendo en abundancia. —Si cerraba los ojos también era capaz de verlos y aún peor, de volver al momento en que sucedieron. Su casa era un lugar donde el derramamiento de sangre innecesario era cosa de todos los días. Pero por alguna razón aún se mantenía cuerdo ¿o había llegado ya a la locura y la senilidad?
            América hizo una mueca de risa, como si quisiera reírse de alguna ironía y no pudiera.
            —Me habían dicho que eras un desalmado.
            —Tal vez tengan razón—reflexionó. Sí, probablemente era eso.
            —Haz que se vayan… —le pidió, como si él fuera capaz de darle el alivio que buscaba.
            —Usted es joven aún. Le quedan muchas cosas por ver. —Y que deseaba que jamás viera. La inocencia y el entusiasmo de su espíritu eran lo que la hacían tan hermosa a sus ojos y la sola idea de que ella terminara volviéndose como él le suponía un gran pesar, uno con el que estaba seguro tal vez no podría vivir—. Solo no piense en ello, América-san.
            —No sé cómo hacerlo… —Lo abrazó. Los ojos de Japón se abrieron con gran sorpresa—. Hazme olvidarlo, Japón. —El recorrido de su mano sobre sus pectorales al bajar y subir otra vez lo descolocaron. La presencia de sus grandes pechos apretarse contra su brazo se hacía cada vez más presente. Su garganta comenzó a salivar ¿qué clase de nuevos horrores le esperaban a un hombre como él, que ante una niña como ella no podía permanecer indiferente?
            —No piense en ello. —Más que la repetición de lo que le había dicho antes, le parecía una súplica. Quería que ella alejara sus demonios, pero no quería que lo arrastrara con él a la vergüenza.
            Ella siguió tocando ahora bajo la camisa. Cuando tocó sus pezones con las puntas de sus dedos, los encontró duros como piedritas. ¡Qué cosa más extraña en una piel tan tersa y suave como la de él! Tenía una piel preciosa, dulce a la vista y al contacto. Se preguntaba si su sabor también sería así, seguro que sí. Deseaba probarlo ahora también con la lengua, pero primero tendría que deshacerse de esa molesta ropa.
            Ya no se acordaba de sus demonios interiores. ¿Era eso una señal para continuar haciendo lo que hacía? Sí o no, estaba dando buen resultado.
            Japón separó ambos brazo al costado de su cuerpo, aferrando fuertemente los dedos al tronco en el que estaba sentado, cerrando los ojos con fuerza mientras ella lo tocaba, dándole completa libertad para que siguiera. Quería pedirle que parara, pero la voz no le salía ¿era ese un justo castigo por lo que le había hecho?
            —Qué extraño—pronunció ella, acercándose peligrosamente a él—. Aquí afuera hace más calor que allá dentro.
            Su boca se encargó de ir por su cuello y hundirse profundamente ahí a través de besos y lamidas. Usualmente, una actitud así le habría escandalizado, pero se encontró deseando que siguiera faltándole el respeto de esa forma. Instintivamente siguió su orden implícita de quitarse lo que llevaba puesto encima para darle total libertad de explorar la parte superior de su cuerpo, su abdomen, su tórax… todo lo que ella quisiera.
            —Prease—pidió tratando de hablar en su idioma para que le entendiera—. Esto no está bien, América-san… no deberíamos…—Luego, se dio cuenta que su cuerpo no entendía qué no debían seguir, porque la voz otra vez se le había ido. No quería parar, y decir lo que iban a hacer a continuación era tan prohibido como el acto mismo.
            ¿Pero cómo podía ser una necesidad tan vital para los dos ser un acto tan primitivo, tan mal comprendido a los ojos de todos?
            América se quitó la ligera prenda que llevaba bajo la chaqueta. Tampoco parecía tener frío. Sus pechos, grande y llenos, rebotaron ligeramente al deshacerse la  tela que los reprimía. Japón ahogó un gemido y ella lo besó en el cuello otra vez, pasando las puntas de sus pulgares en sus pezones, cada vez más duros y más agradables al tacto.
            La vergüenza se hizo presente en el rostro de Japón hasta las orejas. Respirar era dificultoso. El cuerpo le temblaba. Y todo lo que quería hacer para su sorpresa era arremeter contra su cuerpo una y otra vez hasta desfallecer, hasta llenarla por completo con su miembro profundamente, hasta  que ambos sintieran que por un instante la guerra no era motivo para estar separados.
            Imitando su ejemplo, acercó sus dedos a las puntas rosadas de sus hermosos pechos, jugueteando, tirando de ellos frente a ella hasta hacer que cerrara los ojos y gimiera, tal como ella había hecho con él. Pero no era su dolor el que lo complacía, era su placer y el saber que era a causa de él. 
            No quería pensar en la idea de cualquiera de los Aliados estando con ella   de la misma forma en que estaba él. Hizo un sonido ronco ante el pensamiento, además de cuando ella besó su nuez. Haría que se olvidara de cualquier otro que existiera en su mente. Ella era suya. Y pelearía toda una guerra para demostrárselo a los demás países que quisieran interferir.
            —América-san—jadeó cuando ella abandonó la piel de cuello para descender a su abdomen. Besando ambos pezones de paso, descendiendo por el abdomen donde los músculos por los ejercicios ligeramente se notaban. Su cuerpo jamás sería como el de Alemania-san y no le había importando hasta ese momento. Pensó en los anteriores amantes de ella y se dio cuenta de que de todos él tenía el cuerpo más pequeño. No supo si alegrarse por suponer algo distinto para ella o indignarse al imaginar que solo estuviera experimentando como tantas veces pensaba ¿cuál era la verdad? ¿Le gustaba lo que él le ofrecía o solo estaba jugando?
            —Japón…—correspondió ella, tocando y lamiendo su piel hasta inclinarse en el suelo, entre sus piernas abiertas con la protuberancia notoriamente marcada bajo los pantalones. Apoyó una mano en cada pierna de su amante y enemigo  para  bajar el cierre del su pantalón con los dientes luego de deshacerse del cinturón en un ágil movimiento.  
            Eso le cortó la respiración. A este ritmo alguien tendría que llamar a urgencias, pues era más de lo que un anciano como él podía soñar: una hermosa rubia de grandes pechos entre las piernas. Sonaba demasiado bien para ser verdad, pero lo era. Eso lo hacía aún más increíble.
            Ella lo bajó completamente y sus dedos ansiosos buscaron en la ropa interior tomar entre sus manos la parte de su cuerpo más sensible al tacto. Completamente duro para ella. Por ella. Otra vez Japón se dio cuenta que aferraba las manos a ambos lados del tronco para no desfallecer. Estaba tan embelesado con la vista que no le importaba que sus manos tuvieran heridas al día siguiente: mientras pudiera blandir una katana contra sus enemigos… 
            Fue ella quien se encargó de acariciarlo con la dosis justa de gentileza y fuerza antes de que estuviera a punto de estallar. Empujando contra su mano a su propio ritmo, meciéndose mientras simulaba los movimientos de una penetración, Japón pensó que sería lo más lejos que llegarían esa noche hasta que ella sacó un condón de los bolsillos de su abandonada chaqueta echada a un lado de ellos. América se cubrió con ella porque hacía demasiado frio, lo que no le privó de la vista de sus maravillosos pechos y sus puntas rosadas y duras por la helada noche y la excitación.
            Iban a dar el siguiente paso esa noche.
            —Pensé que una vez que estuviéramos juntos nada sería capaz de separarnos. —América recordó la época en que habían sido cómplices secretos de un peligroso juego que atentaba contra la moral de ambas naciones.
            —Pero nos equivocamos.
            Ella deslizó su dedo índice desde la punta de su pene hasta la base, acariciando los testículos tras los oscuros risos. Él levantó la mirada con la respiración agitada hacia sus ojos. Sus fosas nasales se dilataban y comprimían velozmente, costándole como el infierno contenerse.
            —Siempre quise saber cómo se sentiría tenerte dentro. —Acarició la sensible punta con su pulgar. Él ahogó un sonido.
            —Usted puede comprobarlo cuando desee, América-san. —Cerró los ojos, reprimiendo un gemido demasiado vergonzoso. Los abrió a continuación y se encontró con ella de brazos cruzados frente a su erección expuesta. Se percató de inmediato que no se lo había pedido de la forma que ella quería—. Por favor…hágalo ahora.
            — ¿De la forma que quiera? —comenzó a recorrer con los dedos la longitud de su miembro.
            —De la forma que desee…  está bien.
            Ella deslizó el látex por su miembro con una sonrisa bastante traviesa. Ella quería verlo suplicar y era lo que estaba obteniendo. Adiós orgullo. Bienvenido placer.   
            Se dio la vuelta  entre risas estando de pie y se deshizo de la falda, las botas y la ropa interior. Levantó un pie y después otro para quitarse ambas prendas tras lanzar las botas lejos, dando brincos. Japón respiró pausadamente mientras la veía, demasiado excitado. Podría venirse con solo verla y sabía que era posible, porque muchas veces en su presencia se había sentido tan excitado que le había costado contenerse. Si abandonaba la habitación donde estuvieran juntos con una excusa poco creíble era porque creía que en cualquier minuto alguien notaría su erección.
            Ahora nadie los estaba viendo. Eran libres de hacer lo que quisieran. Y lo que él quería ahora mismo, en ese instante, era hundirse en ella y hacerla jadear la rendición ante su poder, que gritara su nombre placenteramente. Era una fantasía bastante provocativa, quizás una de las motivaciones que le alentaban a seguir con esa guerra era pensar en la idea en que ella lo considerara alguien fuerte y digno. Para que de esa forma fuera a sus brazos.
            Ella se sentó sobre sus piernas dándole la espalda. Él las separó para darle todo el espacio que necesitara mientras se hundía en su sexo y ella hizo lo mismo con sus piernas, acomodándose hasta estar sentada de una forma bastante particular sobre él, como estuviera de cuclillas.  Japón la sostuvo rodeando la cintura con un brazo mientras estaba ahuecando un pecho con la otra mano, justo antes de que comenzara a moverse frenéticamente contra ella.
            Gimió un par de palabras en japonés que ella no supo identificar, pero que supuso debían ser buenas por la forma tan jadeante y entrecortada en que las vociferaba contra su oreja. O aunque por el poco japonés que sabía podría estar perfectamente insultándola. Él pellizcaba sus pezones a la par que la penetraba, tirando de ellos sin piedad, manoseando sus pechos como si se trataran de una masa. Pronto la otra mano que en un principio había permanecido en su cintura recogió su rubio cabello mientras le susurraba otra vez palabras que no podía entender al oído antes de acompañar a la otra mano a acariciar sus pechos.
            —Stop! —pidió. Él se detuvo desconcertado al escucharla ¿qué estaba yendo mal? ¿Había ido muy deprisa? ¿La había lastimado? Cualquiera de esas opciones era terriblemente vergonzosa y debía disculparse por adoptar cualquiera de esas actitudes de inmediato.
            Ella se dio la vuelta, colocándose en frente de él y acomodando sus piernas alrededor de su cintura en esa posición. Rodeó su cuello con sus brazos.
            —Así está mejor—sentenció, satisfecha con su trabajo.
            Cuando él comenzó a moverse otra vez sosteniéndola de las caderas, su boca al alcance del hueco de su hombro y el continuo rose de sus pechos contra su pecho, no pudo estar más de acuerdo.  
            Sus manos subieron y bajaron por su espalda hasta su trasero mientras la mecía con fuerza contra él, sabiendo que esta sería seguramente la primera y la última vez que pudieran hacer eso.
            El fuego de la fogata crepitaba frente a ellos y a sus ojos la escasa visión que tenía del cuerpo de América-san en esa oscuridad no hizo otra cosa más que aumentar su libido, deseando poder tener la oportunidad de contemplar su cuerpo completamente desnudo a la luz. También se preguntaba quién estaba más caliente ahí, si el fuego o ellos dos gruñendo y gimiendo como animales en celo.
            —Vamos, córrete—pidió ella, besando su mejilla.
            —Hai —pronunció, dado veloces estocadas contra su cuerpo. Tenía que tocarla dentro y profundo, hasta llegar a la parte sensible donde estallaría de placer. Quería demostrarle que era un buen amante, tan bueno como cualquiera. Incluso mejor, mucho mejor si le daba oportunidad de demostrárselo.
            Tal vez era soñar demasiado, se dijo, justo antes de tomarla por las caderas con ambas manos con fuerza y hundirse por última vez dentro de ella antes de comenzar a venirse.  La apartó y se posicionó de lado sobre ella para tocar su intimidad con los dedos y ayudarla a terminar, cosa que hizo en  menos de dos minutos.  
            Ella ahogó un gemido contra él.  No lo había hecho tan mal después de todo.  Jadeó al tacto de sus dedos sobre el nudo de nervios mientras a él se llenaba de satisfacción. Se miraron a los ojos, ella aún sujetando su cuello con ambos brazos. Cerca, muy cerca de él para estar tranquilo.
            Por un minuto Japón pensó que ella iba a besarlo en los labios, pero no lo hizo.
            Se ajustaron la ropa de nuevo sobre el cuerpo, al menos lo necesario para cubrirse porque después de ese intenso ejercicio estaban demasiado agotados para pensar en cuál era la forma correcta de abotonar una chaqueta. Él tuvo la fortuna de que sus pantalones no volaran lejos y se hubieran mantenido en sus piernas a diferencia de ella, que gateaba por el suelo buscando su ropa. Era una imagen divertida pero no se atrevió a reírse de su estado, suponiendo que él debía verse así de mal a sus ojos con el cabello alborotado.
            Finalmente, ella se cubrió la parte superior con la chaqueta abrochándola para cubrir sus pechos y la falda para tapar solo lo necesario en la parte de abajo. Aún no podía encontrar su ropa interior.
            —Podremos buscarla en unas horas más, cuando el sol salga—comentó consolándola cuando ella se fue a sentar a su lado sobre el tronco.
            —Espero que sí. Sería horrible que nos encontraran semidesnudos.
            La risa de ella se ahogó tan rápido como la seriedad de él le hizo ver la realidad: eso no era un juego. Lo que acababan de hacer era algo que no debían divulgar por ningún motivo.
            —Sería más fácil si te rindieras, Japón
            —No.
            —Voy a patearte el trasero.
            —Me gustaría ver que lo intente.
            Literalmente, pateó su trasero sentada como estaba en el tronco y lo mandó al suelo. Japón se descolocó tanto que no supo qué decir cuando ella se le echó encima. Estaba preparado para defenderse en caso de que ella quisiera ahorcarlo o sacar una pistola, pero cuando ella lo besó en la mejilla quedó aún más sorprendido.
            —Hay una parte de ti que me gusta y otra que es absolutamente despreciable.
            Él entendía, por supuesto ¿cómo no iba a hacerlo si él sentía exactamente lo mismo por ella?

 

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